La enfermedad del sistema cardiovascular es muy frecuente en ancianos y su prevalencia aumenta con la edad. La cardiopatía isquémica representa la patología más frecuente en el anciano y la primera causa de muerte. Es más frecuente encontrarla a medida que aumenta la edad. También factores externos como el tipo de dieta, el tabaquismo o la actividad física influyen en el desarrollo de cardiopatía isquémica. Otras enfermedades sistémicas del organismo como la diabetes mellitus o el hipertiroidismo pueden ejercer un papel directo en la patogenia del daño cardiovascular en el anciano.
Si realizamos estudios ecocardiográficos en una serie de pacientes geriátricos observaremos que es frecuente encontrar un aumento del grosor de la pared del ventrículo, sobre todo la posterior. El colágeno que forma parte del tejido muscular de las paredes del corazón aumenta con la vejez, haciéndolas más rígidas. Las células del músculo miocárdico se atrofian. Todos estos cambios favorecen la aparición de arritmias como la fibrilación auricular o el desarrollo de insuficiencia cardiaca.
El sistema valvular tiende a presentar un mayor depósito de calcio, fenómeno muy frecuente en la válvula mitral y que también encontramos pero en menor medida en la aorta. Como consecuencia existe una mayor rigidez en las válvulas.
El corazón cuenta con un sistema de generación del impulso eléctrico. En el llamado nodo sinoauricular existen células capaces de generar por sí mismas actividad eléctrica. Dicha estimulación eléctrica se conduce por un sistema de células especializado, a través del cual van a estimularse y por lo tanto a contraerse las células musculares del miocardio. Estas células generadoras del impulso eléctrico también llamadas marcapasos, disminuyen con la edad. A los 75 años sólo se conservan un 10% de las células nodales, aunque esta cifra siga siendo compatible con una actividad cardíaca normal.
A pasar de todos estos cambios se ha demostrado que el músculo miocárdico es uno de los del organismo que más resiste la actividad a pesar de la edad.
La frecuencia cardíaca en reposo no se altera en gran medida con la edad. Sin embargo existe una tendencia en el anciano a desarrollar bradicardia, sobre todo por la noche. Asimismo aparece una disminución en la capacidad de alcanzar frecuencias cardíacas elevadas con el ejercicio.
En resumen la capacidad cardíaca del anciano no difiere de la del joven excepto en situaciones de ejercicio intenso en los que el anciano tiene menor capacidad de alcanzar frecuencias cardíacas elevadas.
Los vasos en el paciente de mayor edad sufren cambios importantes con respecto al adulto sano. La capa íntima o interna presenta un aumento en el depósito de calcio y derivados del colesterol. Este depósito se considera fisiológico y es diferente a la enfermedad conocida como arteriosclerosis en la que se produce un depósito similar de una forma más intensa e irregular. Se produce por lo tanto un endurecimiento de la pared de los vasos disminuyendo la luz vascular y aumentando la rigidez. A consecuencia de estos cambios se produce un aumento en las resistencias periféricas y consecuentemente de la tensión arterial. En la arteria aorta a la salida del ventrículo izquierdo también encontraríamos estos cambios y nos ayudarían a explicar los hallazgos antes descritos en el ventrículo (engrosamiento de la pared por tener que contraerse contra una arteria aorta más rígida y de una menor luz)
Podríamos aplicar estos cambios histológicos de los vasos a las arterias coronarias, las responsables del aporte sanguíneo al propio miocardio.
En los ancianos por lo tanto existe una tendencia a presentar tensiones arteriales más elevadas.
Última actualización: del 2006
Ana Isabel Hormigo Sánchez. Médico Residente de Geriatría. H. C. San Carlos. Madrid.