El incremento de necesidades y la dificultad para cubrirlas aumenta en etapas como el embarazo y la lactancia, y gestaciones muy seguidas suponen un mayor riesgo para la madre. Durante el embarazo surge el problema de que las necesidades de la mayor parte de los nutrientes aumentan mucho más que las necesidades de calorías y no basta, por tanto, tomar cantidades algo superiores de alimentos, sino que es necesario modificar los hábitos de alimentación. Durante la lactancia el problema se agrava pues las necesidades de energía aumentan algo más (para hacer posible la producción de leche y la alimentación del nuevo ser) pero las necesidades de vitaminas y minerales vuelven a incrementarse en mayor medida que las de calorías.
Si durante el embarazo, la dieta se tiene que cuidar mucho para tomar la máxima cantidad de nutrientes evitando el exceso de calorías, esta necesidad se intensifica durante la lactancia. En concreto durante la segunda mitad del embarazo, las necesidades de energía aumentan un 10% y en la lactancia un 20%, sin embargo las necesidades de proteínas aumentan un 35% en embarazo y un 60% en lactancia, las de vitamina E y C incrementan un 25-35% en embarazo y un 50% en lactancia, las de vitamina B6 se elevan un 50% en embarazo y un 55% en lactancia..... Estos datos permiten comprender que las necesidades de nutrientes son muy altas y no basta pensar solo en calorías. Pese a ello, es relativamente frecuente el prestar una atención prioritaria al control de peso, tanto en embarazo, como en lactancia, sin controlar si las necesidades de nutrientes se cubren de manera satisfactoria.
La mujer embarazada o lactante, con problemas de peso, no debe restringir el consumo de alimentos sin control y orientación. Como pautas generales, además de las específicas que pueda aconsejar el ginecólogo, podemos mencionar la conveniencia de aumentar el consumo de alimentos que, aportando pocas calorías, son fuente importante de nutrientes: verduras, hortalizas, frutas, legumbres, cereales, lácteos, etc. Procurando restringir el consumo de dulces, grasas y otros alimentos hipercaloricos y pobres en nutrientes.
Los estudios realizados ponen de relieve que la ingesta de nutrientes es con frecuencia inferior a la recomendada y que existen deficiencias subclínicas a nivel sanguíneo, en un porcentaje importante de las estudiadas. La problemática de mujeres que intentan perder peso, sedentarias o fumadoras es más evidente y preocupante. También se constata la existencia frecuente de dietas descontroladas, encaminadas a perder peso, pero que no consiguen su objetivo a largo plazo y ponen en peligro la salud.
Los datos mencionados ponen de relieve que la mujer tiene con más frecuencia problemas nutricionales que el varón y las repercusiones de estas carencias pueden ser graves para su salud (osteoporosis) o para la de sus posibles descendientes (malformaciones congénitas) y perjudicar su estado de ánimo y capacidad funcional (como sucede con la deficiencia en hierro). Por ello la vigilancia de la situación nutricional, tan importante en todos los individuos, es todavía más vital en el caso de la población femenina.
La mejora sanitaria y funcional de la población, así como la necesidad de reducir el coste de atención sanitaria, pone de relieve la conveniencia de vigilar y mejorar la situación nutricional de la población. Las mujeres son un colectivo que necesita especial atención.
Última actualización: del 2008
Profa. Dra. Rosa M. Ortega.