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Síndrome de inmovilidad

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Tratamiento

Hay que tener en cuenta que las consecuencias del síndrome por desuso se empiezan a evidenciar rápidamente, por lo que la actuación diagnóstica y terapéutica ha de ser muy rápida.

Tras ser valorada la situación de movilidad del enfermo, se realizará un plan de actuación con unos objetivos individuales y realistas, que se centrarán en:

  • El tratamiento de la causa de inmovilidad.
  • Establecer una rehabilitación individual, encaminada a evitar su progresión.
  • Valorar la necesidad del uso de ayudas y adaptaciones en el hogar.
  • Y en la prevención de las complicaciones asociadas.

El objetivo será recuperar la situación basal previa, si la rehabilitación total del anciano no es posible. El programa de ejercicios no debe sobrepasar las expectativas funcionales del individuo, adaptándolo a su capacidad cardiovascular y evitando el riesgo de posibles lesiones.

El potencial rehabilitador y la monitorización de los resultados puede realizarse mediante la escala de Barthel, ya que ésta valora de forma exhaustiva las actividades de la vida diaria y permite detectar a los pacientes con mejor pronóstico rehabilitador. Un marcador pronóstico desfavorable es la dependencia en más de tres actividades de la vida cotidiana.

En el programa de ejercicios se intentará conseguir una movilización gradual del paciente. Así, si partimos de un anciano totalmente inmovilizado, se deben seguir una serie de pasos, los cuales son:

  • Primero deben realizarse cambios posturales pasivos, como mínimo cada dos horas, asegurando que la postura y la alineación de los miembros sea correcta.
  • Poco a poco se iniciaran ejercicios para aumentar el rango de movilidad articular, inicialmente pasivos, los cuales deben realizarse con cuidado, sin ser enérgicos ni provocar dolor. Es más eficaz y segura la realización de una actividad suave y prolongada que movimientos vigorosos. El empleo adicional de calor sobre las articulaciones hace que el estiramiento sea mayor y se reduzca el dolor.
  • En cuanto sea posible, el paciente debe realizar ejercicios de movilización activa en la cama: girar hacia los lados y flexionar el tronco hacia delante. Hay que ayudar al paciente a sentarse en el borde de la cama periódicamente, con los pies apoyados en el suelo, aumentando el tiempo de sedestación poco a poco, hasta que mantenga el equilibrio sin ayuda.

Después se pasará a la sedestación en el sillón. La transferencia de la cama a la silla se hará estando el enfermo sentado en la cama, con los pies apoyados en el suelo, asirá los brazos del sillón e impulsará el cuerpo hacia él. Debe aumentarse progresivamente el tiempo que el paciente está sentado fuera de la cama. Es importante que mantenga una postura correcta en la silla (tronco erguido y cabeza alineada), siendo si es preciso, incluso la ayuda de almohadas. La elevación de los pies sobre una banqueta ayudará a prevenir la inflamación de éstos. La sedestación va a ser el objetivo mínimo que se ha de conseguir en todo paciente, ya que al mantener la postura vertical del tronco se facilita la alimentación y se evita la aspiración pulmonar de alimentos. La sedestación tiene además un efecto psicológico positivo sobre el paciente.

El siguiente paso, si es posible, será conseguir la bipedestación. El paciente debe intentar levantarse y mantener la bipedestación ayudado de dos personas o apoyándose en un andador situado enfrente. Debe mantener la posición erecta sin flexionar caderas ni rodillas. En los primero días es normal que el paciente refiera gran inestabilidad, cansancio y mareos, lo cual no debe llevar al abandono del ejercicio. Se practicará el equilibrio, haciendo ejercicios de apoyarse sobre un solo pie.

Tras conseguir la bipedestación, lo próximo es la deambulación. Debe practicarse diariamente, a pasos lentos pero con distancias crecientes. El objetivo es conseguir que el anciano sea capaz de deambular por su domicilio y realizar las actividades de la vida diaria con el menor grado de ayuda posible

Por último, se debe seguir un programa de ejercicios o gimnasia, que incluya ejercicios aeróbicos, de resistencia, de equilibrio y de flexibilidad, todos los cuales debidamente adecuados al grado de tolerancia del paciente. Algunos ejercicios de equilibrio son: caminar sobre puntillas o sobre los talones, mantenerse sobre un pie unos segundos, caminar como si estuviera sobre un alambre, y subir y bajar escalones lentamente, entre otros. En cuanto a los ejercicios aeróbicos son recomendables: el uso de la bicicleta estática, y como no caminar de tres a siete veces por semana, con una media de veinte a sesenta minutos en cada sesión.

Cuando el paciente comienza a movilizarse, es posible que sea necesario completar la movilidad con ayudas técnicas, que van a aumentar la estabilidad de la marcha, incrementan el equilibrio y descargan parte del peso que soportan las extremidades inferiores sobre ellas, con lo que disminuye el dolor y proporcionan confianza y seguridad al paciente. Entre estos elementos destacan:

  • El bastón, cuyo uso está justificado en casos de debilidad muscular de un miembro inferior, o para aliviar dolores articulares en la marcha, o para disminuir la inestabilidad, o también como punto de referencia si existe ceguera. Debe usarse en el brazo contrario a la pierna afectada. La longitud del bastón debe corresponder a la altura entre el suelo y la apófisis estiloides del cúbito, estando el paciente de pie con los brazos caídos.
  • Las muletas, proporcionan más sujeción, descarga y estabilidad que el bastón. Se utilizan en casos de debilidad muscular en ambos miembros inferiores, o cuando existe incapacidad para apoyar uno de ellos, o cuando encontramos afectación importante del equilibrio. Son preferibles las que se ajustan al codo que las muletas axilares. El empleo de bastones o muletas aumenta el gasto de energía en la deambulación hasta en un 60%.
  • El andador, es recomendable tras períodos prolongados de inmovilidad con debilidad generalizada, o si la marcha no es estable.

Pero no solo a la hora de tratar el síndrome de inmovilidad se debe tener en cuanta la movilización, sino que también es muy importante el manejo de las complicaciones asociadas. Así hay que vigilar y tratar el estreñimiento, las infecciones respiratorias y de orina, y como no, las temidas úlceras por presión, entre otras.

Además, es importante mencionar que la movilidad no se recupera por completo en muchos individuos, y los esfuerzos intensivos de rehabilitación no siempre son rentables. También se debe tener en cuenta que el ejercicio y el inicio de la movilización conlleva un riesgo, e incluso, en ocasiones, síntomas físicos como: cansancio extremo, respuestas hipertensivas, riesgo de muerte súbita, infarto de miocardio y riesgo de lesiones osteomusculares.

Por otra parte, a veces la movilización está contraindicada, como ocurre por ejemplo en la fase aguda de procesos artríticos, en los deterioros graves del equilibrio y la coordinación, en los casos de debilidad muscular extrema, o cuando existe un dolor incontrolable desencadenado por la movilización. Tampoco es recomendable cuando existe riesgo de agravar una enfermedad subyacente, como por ejemplo cardiaca o pulmonar. En los pacientes con enfermedades en fase terminal tampoco se aconseja que sean forzados a movilizarse contra su voluntad.

Por último, no podemos terminar este apartado sin mencionar que el manejo de la inmovilidad es un proceso interactivo, multidisciplinar, en el que el trabajo de equipo es fundamental. El médico, el rehabilitador, el fisioterapeuta, el terapeuta ocupacional y la familia deben estar muy implicados en la recuperación funcional del paciente, cada uno aportando su granito para intentar combatir el síndrome de inmovilidad.

Última actualización: del 2006

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Ana Isabel Hormigo Sánchez. Médico Residente de Geriatría. H. C. San Carlos. Madrid.
Mónica Ruiz Ruiz. Medico Residente de Geriatría H. C. San Carlos. Madrid .
@ y @ Contenidos y Consultoría S.L.

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